miércoles, 5 de diciembre de 2012

LA CAMISA DEL HOMBRE FELIZ

DESDE QUE LO LEÍ, HACE DE ESTO YA DEMASIADOS AÑOS, ME ENCANTÓ Y ENCANDILÓ ESTE BREVE PERO INTENSO CUENTO. ESPERO QUE SEA DE VUESTRO AGRADO.
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Había una vez, en un reino muy lejano, un rey que enfermó de una rara enfermedad. Tan rara era que los médicos más eminentes del reino no eran capaces de diagnosticarla y, además, lo sometían a toda clase de molestos tratamientos: emplastos, cataplasmas, sangrías, infusiones...., sin ningún efecto.
El rey mandó llamar a todos los médicos de los reinos vecinos, con idénticos resultados y el enfermo seguía agravándose.
Cierto día llegó a palacio un anciano que decía conocer la enfermedad y el tratamiento y le hicieron llegar a la cámara real.
Tras someterlo a un breve interrogatorio y examen físico; el anciano dijo:
- Su Majestad padece de infelicidad crónica (lo que hoy día los sicólogos llaman depresión) y sólo podrá curarse
poniéndose la camisa del hombre feliz.
Reunidos los sabios de la corte, llegaron a la conclusión de que el hombre más feliz del reino debía ser el más rico y
mandaron llamar al hombre económicamente más poderoso, pero éste respondió:
- ¡Qué más quisiera yo que ser feliz! pero no descanso, no duermo, siempre estoy preocupado pensando en los ladrones y
en lo que me cuestan los guardas que vigilan mis propiedades.
Los sabios propusieron al hombre más sabio de entre ellos que diera su camisa, por cuanto al ser tan sabio debería ser
feliz, a lo que este contestó:
- Precisamente, por ser el más sabio, no puedo ser feliz. Cuanto más amplios son mis conocimientos soy más consciente
de lo mucho que desconozco y eso me llena de insatisfacción.
Mandaron llamar al hombre más fuerte y saludable del reino creyendo que la salud y vigor físico implicaban la felicidad del
poseedor de estos dones, pero les respondió:
-¿Cómo piensan que puedo ser feliz? Para mantenerme sano y fuerte me he de privar de los manjares que más me
apetecen, hacer ejercicios extenuantes no pudiendo disfrutar del reposo. Además, sé que esta situación es pasajera, que
ya hay jóvenes que pronto serán más fuertes que yo, mientras los años van debilitando el vigor de mi juventud.
Decidieron, entonces, enviar mensajeros a todos los rincones del reino en busca del hombre feliz.
La búsqueda fue infructuosa y, cuando ya estaban de regreso, al pasar cerca de la montaña más solitaria del reino,
pararon a descansar descubriendo a un ermitaño que vivía en una cueva en la ladera. Le pidieron agua y el hombre les
ofreció compartir los escasos comestibles que tenía.
Le preguntaron:
-¿Cómo es posible que viva usted en estas condiciones tan miserables y tan solitario?
A lo que el hombre contestó:
- Yo aquí vivo feliz, me conformo con lo que tengo y no necesito nada más.
Los emisarios vieron los cielos abiertos y le dijeron:
- Por favor, nuestro rey está muy enfermo y sólo usted lo puede curar. ¡déjenos su camisa!
Pero ¡Oh sorpresa! ¡EL HOMBRE FELIZ NO TENÍA CAMISA!.